La niña se sentaba en el suelo frente a una pira de corolas, llamas de invierno parecían. Ayúdame, estoy cansada. Desollamos rosas hasta la puesta de sol en el empalagoso olor que nos aturdía como la droga. ¿Quién se beberá todo este licor?, le pregunté. Tú, si vuelves. No estaba seguro de reencontrar el camino. Me saludó desde la ventana el rostro demacrado, de yeso, las manos ensangrentadas de pétalos. -La palabra más hermosa. Margaret Mazzantini